El otro show de Medio Tiempo y la estética del fascismo contemporáneo

El All-American Halftime Show, la contraprogramación del show de medio tiempo de Bad Bunny, es la mejor representación de los miedos existenciales de la derecha estadounidense, su inconsistente estética visual, y nulo entendimiento del poder político que realmente tienen.

El otro show de Medio Tiempo y la estética del fascismo contemporáneo
una calle de lovaina, bélgica.

El pasado domingo 8 de febrero, Bad Bunny se presentó en el medio tiempo del Super Tazón, un escenario que desde hace cerca de 25 años ha representado una iniciación a las grandes ligas del estrellato pop, en uno de los eventos mediáticos más importantes del año para gran parte del hemisferio occidental, en un estadio repleto de celebridades, y gran parte de la élite política y económica de Estados Unidos. El show de Medio Tiempo es una canonización para quien presenta, sus espacios promocionales son de los más cotizados en la televisión norteamericana, y funciona como una perfecta sinécdoque de la cultura estadounidense en su unión de poder económico, político y cultural bajo el capitalismo. Y para grandes partes de la derecha conservadora de allá, representó una declaración política de ultraizquierda radical similar a aquella ocasión en que el Che Guevara fue a un desfile de la Revolución de Octubre en Moscú.

De entre las grandes estrellas globales del pop –Taylor Swift, The Weeknd y Bad Bunny–, el más malo de los conejos es por mucho el más abiertamente político en su música, por lo que su show ya de por sí iba a ser un momento de discusión cultural mucho más acalorado, incluso antes de sus declaraciones anti-ICE durante sus discursos en los Grammys de la semana pasada. Por todas las supuestas afrentas en contra del espíritu estadounidense cometidas por este tal Benito Antonio Martínez Ocasio –entre ellas, la más grande, la de cantar exclusivamente en español–, la organización de ultraderecha Turning Point USA (fundada por el difunto Charlie Kirk), decidió organizar un concierto a manera de contraprogramación del Medio Tiempo para todos aquellos que durante este día festivo de lo más "americano" quisieran algo un poco más patriótico.

Mientras, de este lado del Río Bravo, la muy justamente celebrada presentación de Benito (de las mejores en la historia de los Super Tazones) ha encendido mucha discusión en círculos intelectuales sobre su potencial revolucionario (del cuál creo que hay poco si no es que nada), por su significado histórico y narrativa de celebración latinoamericana dado el contexto actual de represión a las comunidades migrantes. Para el conservadurismo de nuestro vecino del norte, la discusión es mucho más simple y más tonta. Mientras los señores conservadores de acá no quieren verlo simplemente porque detestan el reguetón y "no le entienden cuando canta", para los señores conservadores de allá, Benito, simplemente por existir, confronta todo su modo de vida. Para sus miedos es un fantasma.

Para echarle más leña al fuego avivando este miedo a fantasmas, el All-American Halftime Show de Turning Point USA se presentó como una programación alternativa para aquellos que querían ver el partido entre los Patriots y Seahawks, pero no ver a un puertorriqueño cantar. Semanas antes del partido, sin saber nada del contenido político que tendría o no tendría el Super Tazón, ya estaba planeado el evento. Esta contraprogramación no fue una reacción al propio show de Bad Bunny. Ni siquiera fue una reacción a sus declaraciones durante los Grammys. Fue una reacción a que Bad Bunny, por su condición de latino e hispanohablante, esté ocupando un espacio que según ellos no le corresponde: un escenario grande durante un día que representa la "esencia nacional."

Entonces, ¿a qué grandes pilares de la cultura estadounidense se les invitó a participar en el show de medio tiempo alterno? Pues claro que a un montón de nombres que fuera de Estados Unidos casi nadie conoce. Una serie de nombres que, aún para alguien como yo que conoce más sobre la música country actual de lo que un mexicano debería, resultaron en más de un "¿Quién?" Brantley Gilbert, Gabby Barrett y Lee Brice fueron los nombres representantes del country contemporáneo, aquél de las insufribles letras políticas con las peores rimas que permite el idioma inglés, guitarras mucho más Nickelback que John Denver, y odas a las camionetas grandes, los pueblos pequeños y las armas. El "estelar" de la noche fue Kid Rock, el rapero caído en desgracia famoso a finales de los noventa por mezclar el rock clásico sureño de la vena de Lynyrd Skynyrd con el hip-hop de Detroit.

Hace un par de años, David Peisner de Rolling Stone le hizo un espectacular perfil a Kid Rock, y desde entonces siento un poco menos de desprecio pero un poco más de pena por él. Peisner pinta a Kid Rock como una figura algo patética, vulnerable, en ocasiones arrastrada a los deseos más ultranacionalistas y supremacistas del Partido Republicano en contra de su voluntad, como alguien que tuvo el nivel de fama que siempre quiso sólo al volverse el portavoz musical de grandes partes de la base de Trump. Se puede argumentar que es la celebridad más famosa de entre aquellas que están alineadas a MAGA. A través del artículo, algo del carisma y extroversión fiestera que lo definió durante su auge se asoma tan rápido como desaparece detrás de su discurso extremo.

Una de las cosas que más me ha llamado la atención de la derecha estadounidense durante los últimos diez años es su completa falta de estética definida. He bromeado con algunos amigos de cómo la completa falta de gusto y apreciación artística de esta nueva generación de fascistas me ha hecho extrañar los artes de ultraderecha de hace un siglo. De menos los fascistas de hace un siglo tenían de inspiración estética a la arquitectura racionalista y art déco, a Wagner, y a Leni Riefenstahl. Los de hoy en día tienen a imágenes de Grok, aburrida nostalgia grecorromana, el peor country que se puede escuchar, y al director de X-Men: La batalla final.

Kid Rock es sin duda el más grande pilar musical de la estética MAGA. La actitud de "solamente yo tengo la razón", las guitarras distorsionadas y sobreproducidas, y la idolatría por los símbolos más insulsos del Americana se han vuelto la plantilla para gran parte del rock y country asociado a la derecha norteamericana. Ya se encuentran muy lejos aquellos días en que Kid Rock podía codearse con los Beastie Boys y en los que su único mantra era el clásico sexo, drogas y rock & roll.

En una entrevista en Fox News días antes del All-American Halftime Show, Kid Rock apareció como el portavoz del evento, declarando que el programa "no está realmente basado en odio" y que es simplemente para cualquier persona que "ama América, ama el fútbol americano, y ama a Jesús." Vayan ustedes a saber que tiene que ver amar a Jesús con no querer ver el show de medio tiempo de un partido de fútbol americano. También, muy modestamente declaró que iba a tocar "una de las canciones mejor escritas que ha escuchado en mucho tiempo."

Viendo el show de medio tiempo alternativo un día después del Super Tazón, sorprende lo logísticamente compleja que es la tarea para el espectador. Para poder experimentar el show como debiera uno tenía que, terminando el segundo cuarto del juego, cambiar de aplicación de streaming, buscar alguno de los pocos canales que pasaba el show de TPUSA, sólo para luego, durante el espectáculo, de alguna forma estar constantemente revisando el canal con el juego para ver si ya inició el tercer cuarto. Creo que una de las principales razones por las que existe el espectáculo de medio tiempo en los partidos de la NFL es para que haya una experiencia continua y que el espectador continúe entretenido sin tener que hacer casi nada.

Mientras que en California se estaban alistando para darle entrada a Bad Bunny, Jack Posobiec, conspiranoico y portavoz de algunas de las ideas más infames de la ultraderecha norteamericana, introdujo el claramente pregrabado medio tiempo, declarando que era "en honor de Charlie (Kirk)." Un único y triste fuego artificial explotó después de la dedicatoria. A 30 segundos de haber comenzado, ya estaba enojado con este show por el simple hecho que casi toda la magia de un espectáculo de Medio Tiempo del Súper Tazón proviene de ser presentado en vivo.

Al momento en que un guitarrista se coloca frente a una proyección de la bandera estadounidense y comienza a tocar "The Star-Spangled Banner" en la peor imitación posible de Jimmy Hendrix, ya se nos demostró el tipo de espectáculo que sería esto. Esta presentación sería exactamente lo que acusa la derecha de ser a los conciertos mainstream, una presentación que sobrepone la política por encima de la música. Aún con el auge del patriotismo posterior a los ataques del 11 de septiembre de 2001 y durante la guerra de Iraq, nunca ha habido este nivel de nacionalismo e idolatría por Estados Unidos en algún show de medio tiempo de la NFL. Turning Point USA parece venir de la realidad alterna donde todo medio tiempo era exclusivamente una celebración patriótica hasta que llegó el tal Bad Bunny a hacerlo woke.

A la segunda canción del primer artista de la noche, Brantley Gilbert, me doy cuenta que este paupérrimo evento es una de las razones por las que la gente cree que el rock ha muerto. La mayor parte de la población no sabe de las que creo son las grandes bandas del rock actual. No hay Viagra Boys, Fontaines D.C., Geese, MJ Lenderman o Wednesday para la mayoría. Para muchos, el rock está representado por Gilbert cantando sobre lo que es ser un estadounidense de verdad, por su guitarrista imitando la caminata de Chuck Berry, y por Kid Rock haciendo karaoke de su canción más famosa. El contraste entre este country rock estéril y quejoso, y la gran fiesta latina de géneros musicales de Bad Bunny, Lady Gaga y Ricky Martin es brutal.

Tras decenas de referencias a la Biblia y a los pueblos pequeños rurales sale Lee Brice en solitario con su guitarra acústica. Country Nowadays, el lamento de Brice a que la gente country solo quiere manejar sus pickups, tomar sus cervezas, darle de comer a sus perros, y usar sus botas en paz –eso sí, siempre lejos de una persona trans– cae a la mitad de este medio tiempo pero justo cuando Bad Bunny ya está saliendo del estadio en el otro. ¿Literalmente qué tipo de contraprogramación es esta en que para terminar de ver el show de medio tiempo tienes que perderte el inicio del tercer cuarto del partido?

Kid Rock, después de introducirse con Bawitdaba–su éxito representante de todas las peores tendencias del nu-metal–, desaparece detrás de una violinista y un chelista vestido de pirata, quienes tocan una eterna introducción para la que aparenta ser la canción de cierre, la famosa "mejor canción que ha escuchado en mucho tiempo" del Sr. Rock. Unos cuántos minutos después reaparece, siendo invitado a tomar el escenario bajo su nombre real, Robert Ritchie, tocando un cover de Til You Can't, una sosa canción sobre siempre perseguir tus sueños y nunca esperar a que sea demasiado tarde. Y así acaba el show, con el primer momento de toda la noche en que no parece que cualquiera de los artistas está peleando con sus fantasmas políticos.

En general, aburridísimo todo el concierto, pero interesantísimo al verlo de otra manera. Detrás de todas las letras de "solamente quiero ir a pescar" hay una profunda verdad sobre la identidad del MAGA. Es curioso que haya más referencias al pescar que al propio Jesús, porque demuestra cuáles son las tradiciones que, sucumbiendo a este miedo a los fantasmas, piensan que están bajo amenaza. No necesariamente son aquellas tradiciones "históricas" ensalzadas por el conservadurismo como el matrimonio entre un hombre y una mujer, la familia numerosa, y la devoción a Dios y Patria, sino aquellas tradiciones basadas en actividades y posesiones; en una identidad cultural.

Por algo la tensa relación entre el cristianismo evangélico muy tradicional y figuras como Kid Rock y Trump, que en algún momento representaron para ellos la decadencia moral de las élites liberales. La estética inconsistente es resultado de la frágil coalición de Trump, un gran paraguas de toda la derecha que incorpora a libertarios, evangélicos, supremacistas blancos, conservadores fiscales y nacionalistas. El discurso estadounidense acerca del show de Medio Tiempo de Bad Bunny es inevitablemente la culminación de esta larga guerra cultural que inició alrededor de los años ochenta, cobró fuerza a mediados de los años 2000 con el auge de Fox News y otros canales de derecha, y se volvió el tema político clave del país con la elección de 2016. Lo único que une a toda esta derecha, a toda esta coalición de voces tan distintas y disimilares, que tanto hoy como históricamente se han odiado entre sí, es que toman partido en esta guerra cultural bajo el bando de la identidad basada en actividades tradicionalmente 'estadounidenses'. Por algo tienen que pretender que cosas como el pescar, usar botas o cazar se han vuelto ilegales. Es una identidad por defender.

Lo curioso es que en ningún momento anterior el movimiento MAGA había tenido tanto poder político como hoy. Es, bajo cualquier lente que se quiera ver, el punto de vista dominante en la política estadounidense. Como ejemplo, el movimiento QAnon ha dejado de ser relevante, no porque haya dejado de existir, sino porque sus ideas ahora son el estándar para el conservadurismo norteamericano. Están perpetuamente jugando defensa en contra de fantasmas, sintiendo que están bajo constante asedio.

La estética del All-American Halftime Show no es para nada novedosa para cualquier persona que en algún momento ha visto un mitin de campaña de Donald Trump. Las letras abiertamente transfóbicas tristemente no son algo nuevo en la ya casi una década de preponderancia de MAGA en el ambiente político global. La novedad es lo cada vez más militante que se vuelve lo que se supone que es un simple concierto. Comparando entre las manifestaciones políticas de los medios tiempos rivales del domingo pasado, el show de Bad Bunny fue sutil en la representación de su contenido político. Las declaraciones políticas que hubo en el Super Tazón nunca interrumpieron el ambiente festivo. El medio tiempo de Kendrick Lamar de hace un año fue mucho más abiertamente discursivo. Es hasta cansado y un poco insultante enmarcar la celebración de comunidad y amor de Benito en términos de la guerra cultural, pero este es el mundo en el que vivimos.

El show de Kid Rock y compañía fue puro discurso. Quítale las constantes protestas que "es difícil ser country in this country hoy en día", el incomprensible miedo a las personas trans, y las 5 mil referencias al pescar y manejar pickups y sólo queda un mediocre concierto con pésima producción que vergonzosamente ni siquiera se dignaron a grabar en vivo. Lo más patético es que esta vena de conservadurismo nunca antes había tenido el nivel de poder que tiene hoy en día. Controlan las tres ramas del gobierno estadounidense, inéditamente cuentan con aliados ideológicos a través de América Latina, y han logrado esquivar los efectos secundarios más nocivos de algunas incomprensibles acciones de política exterior. Me sorprende que sigan teniendo el descaro de pintarse como las víctimas.

Durante los eternos 20 minutos que estuve viendo el medio tiempo de Kid Rock, me puse a pensar por qué todo esto me parecía algo familiar. Y ahora, con algo de distancia, recordé este video de una exhibición de motociclistas rusos ultranacionalistas justo después de la anexión de Crimea en 2014. A manera del show de Broadway más psicótico en existencia, el espectáculo representa todos los miedos (muchos de ellos a fantasmas también) del nacionalismo ruso. A través de todo el evento, nazis ucranianos aterrorizan a indefensas fuerzas de seguridad del Estado, marchando en forma de swastikas con las manos gigantes del Tío Sam jalando los hilos. Bateristas que vomitan sangre redoblan tambores mientras las patrióticas fuerzas rusas repelen las agresiones de Estados Unidos. Al final, también hay un montón de trucos de motocicletas, que me imagino es lo que realmente vino a ver el público. Aunque la derecha norteamericana (creo) no ha llegado todavía a este nivel de decadencia artística, es identificativa de esta misma tendencia de las estéticas fascistas amantes del extremismo de tomar los artefactos más obvios, burdos y toscos para representarse visualmente. Puedo estar exagerando, pero veo en esta representación del interior de la mente de Vladimir Putin y en la exhibición de los miedos más profundos del conservadurismo estadounidense del medio tiempo alternativo, el mismo tipo de pánico y deshumanización del otro. La diferencia es la temporalidad. Doce años después de esta más violenta de las exhibiciones de motociclismo, el nacionalismo ruso está en guerra con el otro lado.

Aún en la lectura más cínica de por qué la NFL escogió a Bad Bunny como su estelar para este año, están ausentes todas las razones relativas a la guerra cultural. Bajo este lente, la NFL simplemente se ha dado cuenta que América Latina y los hispanos en Estados Unidos son un mercado enorme. Bad Bunny lleva más de un lustro siendo una de las celebridades más grandes del planeta. Era inevitable que en algún momento tocara en el Super Tazón. Es la decisión económica más obvia para Apple Music y la NFL.

Y se ganaron la lotería. Este show de medio tiempo ya es el más visto de la historia. Por más que la derecha estadounidense lo crea así, el Super Tazón no es la gran institución patriótica que creen. Es una corporación internacional que tiene que tomar decisiones que le resulten redituables, y contratar a Bad Bunny es algo tan obvio que me sorprende no lo hayan hecho antes.

Lo único que hizo de manera muy efectiva toda esta farsa del medio tiempo de Kid Rock es hacer ver a Benito y a la NFL como mucho más cool. Lograron posicionar a Bad Bunny, el artista más grande del mundo, y a la NFL, la liga deportiva más poderosa de Estados Unidos, como figuras contraculturales.